Edmundo González Urrutia, Presidente electo de Venezuela y María Corina Machado, premio Nobel de la paz, felicitan el año 2026





𝐂𝐚𝐫𝐭𝐚 𝐢𝐧𝐜ó𝐦𝐨𝐝𝐚 𝐚 𝐥𝐚 𝐂𝐨𝐧𝐟𝐞𝐫𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐄𝐩𝐢𝐬𝐜𝐨𝐩𝐚𝐥 𝐕𝐞𝐧𝐞𝐳𝐨𝐥𝐚𝐧𝐚 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐜𝐞𝐫𝐫𝐚𝐫 2025 Corrección desde la fe: cuando la paz evade la verdad Por Elizabeth Sánchez Vegas En el umbral esperanzador del nuevo año, Venezuela aspira a cerrar 2025 con el tañido de campanas renovadoras, pero en su lugar resuena el eco sordo de un silencio que traiciona. Un silencio que emana de los pastores que deberían guiarnos, la Conferencia Episcopal Venezolana (CEV), cuyo Mensaje de Navidad, fechado el 23 de diciembre, se erige no como faro de verdad, sino como velo que oculta la agonía de un pueblo. Como fieles católicos, herederos de una tradición milenaria que ha forjado la identidad venezolana, desde las misiones coloniales hasta las luchas por la independencia impregnadas de fe, no podemos más que elevar nuestra voz en corrección filial, pero con el dolor de quien ve a su madre Iglesia desviarse del camino profético. Este mensaje no anuncia paz; lo profana, lo reduce a una caricatura diplomática que apacigua al opresor y abandona al oprimido. Y en este cierre de año, lamentamos que esta sea la tónica funesta: una Iglesia que, en vez de rugir contra la injusticia, susurra eufemismos, dejando al pueblo católico histórico, nosotros, los siervos devotos, en las tinieblas de la resignación, con el corazón herido por la esperanza traicionada. Recordemos las palabras que los obispos invocan: "Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad" (Lc 2,14). ¿Pero qué gloria se rinde a Dios cuando se ignora el grito de los crucificados modernos? El documento enumera con frialdad clínica las aflicciones externas, tensiones bélicas en el Caribe, sanciones económicas, presencia militar foránea, como si el mal radicara solo en horizontes lejanos. ¡Qué ceguera deliberada! ¿Dónde está la denuncia visceral contra el fraude electoral del 28 de julio de 2024, que robó la voluntad soberana del pueblo y silencia la verdad de nuestro presidente electo, Edmundo González Urrutia? ¿Dónde está el clamor por los presos políticos, esos hermanos nuestros que se pudren en mazmorras por atreverse a pensar en libertad? Se menciona tímidamente la "privación de libertad por pensar distinto", pero sin apuntar el dedo acusador al régimen usurpador, al Estado que orquesta esta sinfonía de terror. Esta omisión no es error; es traición, un puñal en el corazón de la fe que duele porque proviene de quienes portan la mitra. Nosotros, el pueblo católico venezolano, descendientes de los que erigieron catedrales en la selva y resistieron dictaduras con rosarios en mano, sabemos que esta paz descafeinada contradice el magisterio auténtico de la Iglesia. No el de algunos, sino el de sus predecesores, profetas que no temieron nombrar el mal. Escuchemos a San Juan Pablo II, el papa que enfrentó el comunismo opresor: "Si quieres la paz, trabaja por la justicia. Si quieres la justicia, defiende la vida. Si quieres la vida, abraza la verdad". En el mensaje episcopal de la CEV, la verdad se evade, la justicia se diluye en abstracciones y la paz se convierte en cómplice de la mentira sistémica. O Benedicto XVI, en su encíclica Caritas in Veritate: "Luchar contra la injusticia es promover el bien común de la humanidad". ¿Dónde está esa lucha en el texto de la CEV? En su lugar, un desvío hacia "narrativas especulativas" y "violencia verbal", circunloquios que liberan al régimen de su culpa, mientras el pueblo sufre hambre, exilio y represión. Duele en lo más profundo, porque esta Iglesia, nuestra Iglesia, forjada en el sudor de misioneros y la devoción mariana de Coromoto, parece haber olvidado su vocación profética, aunque sabemos que no toda ella está alineada con esta tibieza: hay pastores, sacerdotes, hermanas religiosas y fieles valientes dentro de sus filas que sí denuncian con coraje, recordándonos que la fe verdadera no se doblega ante el poder. Benedicto XVI lo advertía: "Cuando la Iglesia oye el grito de los oprimidos, no puede sino denunciar las estructuras sociales que generan y perpetúan la miseria de la que surge el grito". ¡Qué contraste lacerante! En Venezuela, las estructuras opresoras tienen nombre: un Estado que confisca recursos, que criminaliza la disidencia, que condena a millones al abismo de la pobreza mientras se atrinchera en el poder robado. El mensaje cita selectivamente a Pablo VI en Populorum Progressio, "la paz se construye día a día en la instauración de un orden querido por Dios", pero omite que ese orden se quiebra cuando el sufragio es anulado, cuando la verdad pública es suplantada por el miedo. Y León XIII, en Rerum Novarum, proclamaba: "La paz se edifica sobre los cimientos de la justicia". ¿Qué justicia hay en un documento que ignora a los verdugos internos para culpar solo a sombras externas? Imaginemos el tormento de una viuda cuyo esposo fue asesinado por disentir, o de un joven exiliado que deja atrás su fe en altares vacíos. ¿Qué bálsamo ofrece este mensaje? Nos habla de "paz auténtica" que prioriza la dignidad humana, pero sin exigir la liberación inmediata de los inocentes, sin confrontar al poder que los encadena. Es un evangelio mutilado, que cita el Evangelio, pero olvida las palabras de Cristo: "He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cómo quisiera que ya estuviera encendido!" (Lc 12,49). Un fuego que quema la injusticia, no que la ignora por cobardía o cálculo político. San Juan Pablo II lo reiteraba: "No aceptemos la violencia como camino de paz". Pero aquí, la violencia del régimen se tolera implícitamente al no ser nombrada, convirtiendo la Navidad en una fiesta hueca, en rituales como aguinaldos y parrandas que, en la Venezuela actual devastada por la crisis económica y la pobreza generalizada, muchos ni siquiera pueden celebrar o viven como sombras vacías, maquillando así el calvario nacional. En este lamento por el fin de 2025, ¿qué herencia nos deja esta tónica episcopal? Una capitulación, donde la fe se reduce a consuelos piadosos mientras el mal triunfa, dejando al pueblo católico histórico, nosotros, los siervos devotos, en las tinieblas de la resignación, con el corazón herido por la esperanza traicionada. Como fieles, los corregimos con amor que sangra, pero con la firmeza inquebrantable: venerados obispos, regresen al Evangelio íntegro. Denuncien el fraude, el hambre, la opresión por su nombre, como lo hizo Juan el Bautista ante el tirano. Liberen a la Iglesia de esta neutralidad que la asfixia, y únanse al testimonio de María Corina Machado, Nobel de la Paz, cuya lucha no violenta encarna lo que ustedes evaden. Nosotros, el pueblo católico histórico, no cejaremos en recordárselo, porque la fe venezolana no se rinde: clama, resiste, corrige. Inspirémonos en nuestros nuevos santos, San José Gregorio Hernández y Santa Carmen Rendiles, canonizados este año como luminosos ejemplos de servicio y verdad, que nos llaman a una santidad profética en medio de la adversidad. Que, en 2026, la luz de la verdad disipe estas sombras. Que Dios despierte en sus pastores el coraje profético. Amén.

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